Voy a morirme.

Son las 0:28 del día 13 de abril, aunque yo sigo siendo de esas que piensa que hasta que no te despiertas al día siguiente, este jueves tan largo no es viernes aún. Hoy he ido a la librería para comprar un libro, uno cualquiera, uno que me gustase. Me he paseado por el pequeño pasillo en U, he ojeado decenas de ellos, le he pedido al dependiente, literalmente, “mierda, se me ha olvidado el título, el de la levedad del ser” y claro, me ha entendido, entre el gremio nos entendemos. Después de tener a Milan Kundera en la mano he llegado a la estantería de anagrama, editorial por la que, siendo realista, tengo debilidad. Y ha llegado Tierra de Campos de David Trueba, de la que había leído multitud de críticas buenas, pero que no me había animado a leer porque una vez empecé Saber perder, del mismo autor, y me pareció un soberano tostón. Al final he llegado al mostrador con los dos en la mano, y Kundera se ha quedado cogiendo polvo allí a pesar de ser 12€ más barato. He cogido mi paraguas, me he encendido un cigarro y he vuelto a mi casa con las gafas llenas de gotitas; antes de abrir la puerta me he puesto el cigarro en la boca y, para no quemar mi paraguas nuevo transparente, he terminado escapullando el cigarro en la bolsa donde venía Trueba; total, que he perdido medio cigarro, y he ganado un tufillo a plástico quemado en el ascensor.

He ido corriendo al sofá de casa, y le he hecho las fotos pertinentes al nuevo habitante de mi humilde morada para poder enseñarlo en Instagram, porque a pesar de que no voy a ser blogger ni dentro de tres vidas, he nacido en los 90 y, al igual que la astrología me dice que soy acuario e independiente, por ser del 94 llevo el postureo dentro y participo de él aunque no me haga demasiada gracia.

Y lo he comenzado a leer. Es verdad que de aquí a un tiempo soy demasiado sensible a ciertos temas como la muerte, la pérdida o las relaciones familiares; y con estos antecedentes, y si leéis la contraportada del libro, diréis: “pues lo has clavao, tía”. Al final lo he empezado. Me tengo que ir pero venga, un capítulo más. Uno más y ya. Y, como al final he tenido que salir de mi casita, en lugar de bolso lo he cogido a él.

Es verdad que tengo una tendencia innata a llevar siempre libros encima, pero es por dos razones que para mí tienen sentido. No es por ir enseñando al mundo que llevo un libro o una necesidad de que la gente lo vea, más de una vez me han dicho que si no lo podía dejar un ratito aparcado en casa. No es por eso. Es porque me da absoluta tranquilidad, pero tranquilidad de verdad, es mi grado de nicotina. Por eso, y por un pensamiento que lleva mucho tiempo alquilado en mi cabeza de no perder ni una gota de tiempo, de que si algún plan falla durante X minutos, esos X minutos puedan integrarse con el libro que llevo encima, de que si tengo que hacer un viaje de urgencia no tenga que pasar una hora y media lamentándome de no haber cogido un libro. Bueno, creo que la idea está clara.

Total, que en lugar de bolso me he llevado a David. Como podéis bien imaginar no me ha hecho falta para nada en esos 40 minutos junto a mis adorables vecinos, pero era nuevo, no lo podía dejar en casa solo como un extraño olvidado.

Y hace 20 minutos -exactamente los que hace que estoy escribiendo esto- me he puesto a leer de nuevo. Como ya he dicho antes, el tema de la muerte es imperante desde el minuto 00:01, y a pesar de llevar mucho tiempo dándole vueltas, ha sido hace 20 minutos cuando me he puesto a pensar en que va a llegar un día en que ya no va a ser. De repente lo he comprendido. Me ha dado un vuelco el estómago. Me he notado el corazón en la garganta. He soltado el libro. Y he ido corriendo a escribir esta nueva sensación, algo que llevaba buscando tanto tiempo – por supuesto en el iPad, que soy millenial.

Siempre me había imaginado el fundido en negro, pero no esta claridad.

Y, como dice David Trueba en Tierra de Campos: ‘uno muere a plazos’, y digamos que en estos plazos no estoy siendo morosa.

Sigo leyendo, seguiré informando. Corazón en la garganta.

Voy a morirme algún día. Y tú también.

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