Paula. Isabel Allende.

Voy a esperarlo al aeropuerto para no perder ni un minuto con él, lo veo llegar arrastrando el carro con sus maletas, una cabeza más alta que las demás, sus ojos azules ansiosos buscándome en la multitud, con su sonrisa luminosa cuando me divisa por allá abajo, corremos para encontrarnos y siento su abrazo apretado que me levanta del suelo, el olor de su chaqueta de cuero, el roce áspero de su barba de veinte horas y sus labios apretando los míos, y después la carrera en el taxi acurrucada bajo su brazo, sus manos de dedos largos reconociéndome, y su voz en mi oído murmurando en inglés: “Dios mío, cuánto te he echado de menos, cómo has adelgazado, qué son estos huesos”, y de repente se acuerda de por qué estamos separados, y me pregunta por tí, Paula.

Llevamos más de cuatro años juntos y todavía siento por él la misma indefinible alquimia del primer día, una atracción poderosa que el tiempo ha matizado con otros sentimientos, pero que sigue siendo la materia primordial de nuestra unión. No sé en qué consiste ni cómo definirla, porque no es solo sexual, aunque sí lo creí al principio.

Él sostiene que somos dos luchadores impulsados por la misma clase de energía, juntos tenemos la fuerza de un tren en marcha, podemos alcanzar cualquier meta, unidos somos invencibles, dice. Ambos confiamos en que el otro nos cuida la espalda, no traiciona, no miente, sostiene en los momentos de flaqueza, ayuda a enderezar el timón cuando se pierde el rumbo. Creo que también hay un componente espiritual, si creyera en la reencarnación pensaría que nuestro karma es encontrarnos y amarnos en cada vida.

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