La M después del huracán

Algo de luz

My mind is racing and my feet are moving slow. Look all around me, don’t see anything I know. I’d like to answer you but I can’t clarify if I’m a hundred miles ahead or a hundred miles behind.

100 miles – Catie Curtis

Llámalo X o llámalo “vaya cojonacos tiene el ser humano”, pero la cuestión es que siempre encuentra uno el momento oportuno de ideas cuando más inoportuno le parece. Y todos sabemos que a las ideas hay que darles forma.

Hace ya dos días que estoy sentada en mi escritorio tecla por techa de noche desde las 12 de la mañana, porque por aquí no ha asomado luz ni se la espera, y no paran de venirme flash back y cosas que tengo ganas de hacer. No… que quiero hacer. Me parece que mi etapa de cambio está empezando a mutar un poquito. Quizás ahora me convierta en esa clase de persona que hace lo que le apetece y no lo deja para mañana… aunque pensándolo bien, estoy haciendo un trabajo tres días antes de exponerlo cuando podría haberlo hecho perfectamente meses antes… en fin, consejos vendo.

Cuando oyes hablar a la gente, toda coincide en que tuvo una época muy feliz. Pensando en esto ayer mismo, pensaba en la mía y no la encontraba. Y de repente me acordé de un momento con dos amigos hace algunos años (tantos años que uno ya no lo es) cuando, como suele decirse, éramos demasiado jóvenes, y hablábamos de la ciudad que “pegaba” para nosotros, la ciudad en la que el cuerpo te pedía estar. Y hoy, (bueno, ayer), recuerdo ese preciso momento (un poco borrachos, la verdad) como un momento de película, que perfectamente podría haber estado inserto en una serie de adolescentes americana. Bueno, y esa noche en general. Recordándolo ayer me di cuenta de que ahí sí que era feliz, era totalmente libre, no pertenecía a ningún sitio. A pesar de que llegué a estar en la ciudad a la que en ese momento creía pertenecer, hoy no lo hago, pero realmente no me importa en este preciso momento, con tantos años de cambios; incluso me alegro de estar donde estoy, de pillarme a un paso momentos que no me querría haber perdido por nada del mundo, y de haber evitado la desesperación de coger un tren lejos de casa en los dos momentos más traumáticos de mi vida que están haciéndome ser quien soy hoy. Quizás todo pasa por algo y deberíamos ser más conformistas y aceptar lo que el destino quiere para nosotros sin ponerle trabas.

Como me decía algunas semanas atrás, estoy notando el cambio que mi cuerpo y mi alma están teniendo en estos días, cambios tangibles y estados de pérdida absoluta de mí misma. A partir de ayer creo que algo está cambiando, y no sé por qué, ni me preguntéis, o a lo mejor esto solo dura un par de días, pero tengo ganas de hacer cosas, tengo ganas de reencontrarme conmigo, tengo ganas de vivir momentos como el de las ciudades, y tengo ganas de reír de verdad, pero creo que eso sucederá dentro de bastante tiempo. Partiendo de la base de esta yo, me estoy dando cuenta de lo increíblemente egoísta que estaba siendo, conmigo y con los demás, y también me estoy dando cuenta de lo egoísta que a veces se es conmigo. Cuando una persona está mal no se le puede pedir que deje de estarlo a la semana siguiente, no se le pueden pedir explicaciones ni animarla a bailar con más ganas; simplemente tienes que estar a su lado y apoyarla para que su nuevo despertar lo haga con la seguridad que supone que tú estarás a su lado. Yo nunca antes había pensado así, pero juro que a partir de ahora intentaré juzgar menos, aunque cada mes lo haga a poquitos.

Quizás ahora me convierta en esa clase de personas que si se promete salir por la mañana, no se quede en la cama durmiendo. Aunque tenga miedo de hacerlo sola o aunque me muera de ganas por que me acompañe alguien que al final no va a querer. Se me está llenando la mente de momentos que quiero cumplir. No quiero que pase más tiempo, ni más años. Quiero cumplirlos durante estos meses. Quiero comprarme las gafas de sol graduadas, y no quiero dejarlo para el año que viene. Quiero no pasar por alto situaciones que me duelen, y hacerlo saber, aunque eso suponga ser más sincera conmigo misma y más cabrona con el resto del mundo. Quiero pintarme los labios de rojo desde por la mañana, por mucha pereza que me dé. Quiero sonreír desde por la mañana y quiero hacer feliz a los que tengo a mi lado. Quiero dejar de guerrear por cosas inexistentes y empezar a ver el lado bueno de las cosas, aunque eso suponga algo casi imposible dada mi personalidad y mi habilidad para crear conflictos verbales con la finalidad de que nadie se quede varado en una orilla de una playa diminuta teniendo todo un océano de posibilidades. Quiero dejar de tener miedo a minucias, y es algo que estoy empezando a practicar: cuando has conocido lo peor, el miedo es una mierda. Y cada vez digo las cosas más claras, aunque eso suponga o un rechazo o una risa. No quiero perder el tiempo. Y, sobre todo, como decía el “bueno” de Ben Affleck en Pearl Harbor: Eso es lo que quiero, que permanezcas en mi cabeza, quiero saber que me espera la mejor etapa de mi vida, y que yo voy a estar ahí conmigo para hacerla realidad, y quien quiera estar también está invitado.

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