La M antes del huracán

Ser de gelatina

“Le gusta porque la hace sentir muy mujer, muy especial. Le encanta la manera de reírse, el vello de sus antebrazos, cómo coge los cigarrillos, cómo sopla el café para que se enfríe, cómo la miró aquella vez que bailaron juntos en aquella fiesta, sus manos…

No es perfecto, pero no hablo de perfección en términos absolutos, sino en lo relativo a mí. Encajamos”.

E.B.

 

En mi vuelta al blog ombliguístico no podía faltar el fenómeno viral que circula por las redes sociales, periódicos digitales… I want to be single but with you.

Y, aunque creo que tengo bastante que decir al respecto, voy a intentar hacerlo de la manera más rápida-clara-concisa que pueda.

  1. Para empezar, me repatea que a raíz de lo que se publique como opinión personal se creen decenas de artículos a favor o en contra de lo que alguien con merecida libertad quiera escribir, aunque lo haga, es verdad, en un periódico que siguen millones de personas de todo el mundo y que se traduce a varios idiomas.
  2. Me repatea más aún que quienes se declinen a favor de un bando o de otro no respeten las decisiones del contrario de creer según qué artículo solo porque sea el que ellos no han elegido.
  3. Y me repatea aún más (hasta límites extremos) toda esa gente variable a más no poder que comparte el artículo original como la mayor declaración de amor/intenciones de la historia, luego se postula a favor de toda la crítica que se hace en su contra y para rematar, apoya escritos de la misma índole pero al revés, quiero decir, “No quiero estar soltera, quiero estar contigo”, o algo así.

Porque hasta ahí llegó mi limitada paciencia dentro de no estar a favor de este tipo de artículos. Es más, creo que ya basta de prejuzgar lo que alguien escribe tachándolo de machista, de tener prejuicios sexistas, (¡Ojo! Tras leer 50 shades of Grey), sumiso, de ser un estereotipo que debería estar superado… cuando son esos mismos artículos vinagre los que crean una sociedad que en la práctica lleva a pensar que eso es lo que debería hacer una mujer, pero nunca se pone en el papel del hombre. Quiero decir. Si el artículo hubiese sido escrito por un hombre al que le gustan las mujeres, las terminaciones de género de este hubiesen sido – aparte de extralimitadas en el momento de pulsar ‘publicar’ – masculinas; pero lo ha hecho una mujer a la que le gustan los hombres, (que como si le gustan las palomas de la plaza). Y es por eso por lo que las revistas digitales demasiado independientes (hasta crear asco) (personal opinion) han puesto el grito en el cielo, porque lo ha escrito una mujer refiriéndose a un hombre.

Bueno voy a dejarlo. Porque no es a lo que yo venía a hablar. Yo he venido aquí a hablar de mi libro.

Bien.

Toda esta parafernalia neo-barata ha venido porque, como bien decía al principio, declaro mi blog ombliguístico mío, y con eso quiero decir que es mi opinión y la de mi ombligo, y ya. Que parece que se nos está yendo el perolo con tanta red social.

“La culpa es del reggaetón” (Aritz GH16. Poeta, mejor persona).

Además, y para meterme en faena, me gustaría citar a alguien que me gusta mucho pero que odio como escritor. I’m sorry John Green. You’re late to me.

Ok.

John Green (autor de Bajo la misma Estrella, El teorema Katherine, Ciudades de Papel…) (no el de las pelis) dice en una entrevista que lo que él pide de sus lectores es generosidad. (Bueno, él dice ‘generosity’, pero es que él lo puede decir y le queda genial, el resto de los mortales nos conformamos con ‘generosidad’). “Nosotros elegimos cómo leer libros. Podemos elegir leerlos generosamente y cuidadosamente, o todo lo contrario”. Y es eso mismo lo que yo quiero pediros a quienes leáis este #post, quiero que os pongáis en mi piel y que me escuchen/lean sin prejuicios. Aunque yo no sea John Green.

Y aunque suene más repetitiva que la mordidita o el arroz con habichuelas, de verdad que quiero dejar claro esto, porque no siempre me ha pasado que a la gente con la que hablo sea objetiva antes de mi exposición de los hechos, o incluso se ha visto determinada antes de tratar el tema. Y no creo tampoco ser a la única que le ha pasado que no la comprendan por mucho que se esfuerce.

Y eso no me gusta. Lo siento. Es más, lo odio.

Y si alguna vez yo lo he hecho antes: “Serpientes, arañas y un grillo tuerto. Si lo delato me moriré muerto.” (Tobby, la tortuga de Robin Hood) (Poesía en estado puro). Vamos, que no lo volveré a hacer.

No es nada fácil lo que quiero contar hoy, y también tengo que dejar claro que no tiene finalidad alguna más allá de la de expresarme/explayarme a gusto; otros lo llaman ‘necesidad del ser humano por referenciarse’. Pero no es mi culpa, qué le voy a hacer.

Ahí va:

No creo que sea la única persona del planeta a la que le afecta ver a otra (persona, digo). No lo creo y no necesito tampoco una teoría pragmático-social para estar segura. El problema radica a la hora de expresar esas dudas o esa inseguridad de terreno pantanoso que tiene el verbo ’ser afectada por alguien‘.

La mayoría de la gente con la que hablas de esto te escucha, una parte de ese todo intenta ponerse en tu lugar, pero nadie lo comprende en su totalidad. Y lo acepto. No es algo fácil de acarrear. Yo lo asumo la primera. Pero no lo han hecho tampoco supongo que porque nunca les ha sucedido. Y eso no es ni bueno ni malo. Es solo otro punto de vista diferente.

Por eso, leyendo a alguien que se explica mejor que yo, encontré esto:

Todas las mujeres poseemos un tendón de Aquiles con pene que vaga por el mundo; algunas supongo que tendrán la suerte de no encontrárselo jamás. Otras, como yo, nos topamos de morros con él y tenemos que aprender a gestionarlo. Y ese hombre es nuestra debilidad. Da igual que seamos feministas radicales porque por él, seríamos capaces de arrastrarnos y de denigrarnos a nosotras mismas”.

Cuidado, que no es nada sencillo lo que aquí se dice, desde el concepto ‘da igual que seamos feministas radicales’ al concepto de ‘arrastrarnos’. Y digo cuidado con conocimiento de causa porque se de primera mano que, aun siendo yo la primera feminista radical del mundo, esto ocurre sin que te lo plantees y sin que puedas saber por qué. Y es por eso que es tan difícil de explicar y comprender, porque escapa de toda lógica.

Después de esto, por fin pude ver que puede que no sea la mujer rara única en el mundo a la que el título de Él le afecta de esta manera tan extrema, se vuelve de gelatina. Como si aun sin haber cruzado una frase coherente con esa persona intuyeses que podrías hacer cualquier cosa por ella. No creo que sea un sentimiento de sobreprotección, sino de límites. I mean. Ya dicen que no hay nada más romántico en el mundo que la idea de salvar a alguien, la idea de liberar a un hombre (o una mujer) de sí mismo. Y de saber que puedes hacerlo.

Por eso, aunque no lo veas en medio año, te vuelves de gelatina si lo adivinas entrar por una puerta de espaldas a ti, en la multitud de una calle o en la soledad de un coche un lunes por la mañana (que ya decir lunes y por la mañana debería estar penado contra el sentido común). Imaginad.

Porque ser de gelatina no nos pertenece, solamente ocurre.

Y debemos gestionar si eso es bueno o es malo.

Pero si ocurre, por algo será.

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