La M antes del huracán·Photofinish

Una historia pequeñita contada por ella

Le conmueve la idea de mirar al mundo desde una gran ventana. Muy alto. Y a su lado.
Fumarían strikes y sonarían los Strokes y, más concretamente, Someday.
Porque por mucho que quisieron, ni There’s a light that never goes out ni los Smith les gustaron nunca.
Su canción de ascensor fue Someday. Pero, definitivamente, pasaron más de 500 días sin estar juntos.

La gente se haría pequeñita, y ni siquiera se daría cuenta de todo lo que ocurre a 10 palmos de su ego.
Además, todo lo importante confluiría en ese puñado de metros cuadrados donde se movían más ágiles que el pez más chiquito del mundo si le concediesen un ático con esquina al mar para él solo.

Tiene gracia.

Tiene gracia porque es curioso como dos seres llegan a compartir tanta complicidad y tanta intimidad con solo mirarse a los ojos durante unas horas, medio tumbados en un sofá, uno frente al otro, con la cabeza ladeada.
Y cómo se llega a descubrir una persona que nunca habría aparecido en tu vida si el 99% de las casualidades del mundo no se diesen, y si ese 1% restante no fuese, netamente, locura sin filtrar.

Por supuesto, ella se quedó allá arriba. Y con ello arriesgó su integridad mental y todo lo que eso conllevaba.

Porque vio cosas de él en ella, y de ella en él.
Vio al hijo que nacería si Sabines y Fito Páez se follasen.
Vio crear magia.
Y vio poesía.
Vio eso de: “Encontrar a alguien a quien ames, y que a la vez te ame… Las posibilidades son mínimas”.

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